¿Dónde lloran las madres?

 

¿Dónde lloran las madres?

 

Por Romina Gallardo

 

Sentada en el patio, mirando como mi hijo juega a la pelota, pienso en silencio, con la mirada pérdida en un punto fijo: “a veces ser madre no fue como imaginé”, rindiéndome ante la irremediable realidad de que ni aún todas las lecturas y charlas feministas sobre la maternidad han podido acallar esa edulcorada visión de madre que me vendieron en el mundo de los 90’, donde crecí (y eso que la mamá de Mi pobre angelito se lo olvidó una nochebuena para ir de viaje).

En ese momento, mi hijo levanta la cabeza y, buscando mi mirada, me pregunta: —¿qué? —, como adivinando mis pensamientos. Le respondo: —Nada, mi amor—. Inmediatamente reprimo mis lágrimas y me pregunto mentalmente: ¿en dónde lloran las madres?

¿En dónde lloran cuándo enfrentan un diagnóstico de salud inesperado? y más aún si ese diagnóstico es de un hijo… ¿en dónde lloran cuando ven a un hijo sufrir?

¿Y qué hay de las ganas de llorar cuando es un hijo quien hace sufrir a otra persona?

¿En dónde lloran cuándo reciben la primera crítica implacable de un hijo? ¿y cuando, al extenderle una mano para entrar al aula de la escuela, por primera vez retira la suya y pide que le dejes solo? (si hasta ayer corría a mis brazos cada vez que estaba triste o se sentía nervioso).

¿En dónde lloran cuando discuten con su pareja u otro ser querido? ¿En dónde, cuando un problema del trabajo les aflige? (antes era tan fácil llorar; yo lloraba en cualquier lado, hasta en la calle).

Son muchas las preguntas, pero siempre la misma respuesta: desde que fui madre no volví a llorar frente a casi nadie, y menos frente a mis hijos.

Excepcionalmente lloré cuando eran bebés, a veces cuando dormían o por la emoción de ver las simples hazañas de cada día con ellos: esa primera mirada, las primeras sonrisas, el primer “mamá” o el primer “te amo”; cuando empezaron a caminar, la primera vez que lograron leer una palabra, el primer día en la escuela, las primeras despedidas por unas horas o por unos días… Y los reencuentros, “ufff”, los reencuentros… Ahí sí me lo permití. Ahí aún me permito llorar un poquito.

Pero llorar en serio, no volví a llorar. Mucho menos en frente de ellos. Para cuidarles la infancia, para protegerles la inocencia. Si supieran realmente como es ser adulto…

Empieza a refrescar. Ya está oscureciendo. Me preocupa que mi hijo sienta frío y le pido que entre. Me olvido una vez más de mis pensamientos inconducentes y vuelvo a centrarme en mi hijo. Ya habrá tiempo u ocasión que me lleve otra vez a pensar en dónde lloran las madres.

 


La imagen fue seleccionada por les editores del blog. Fuente: Foto de Jass Rajput Films en Pexels.

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