El milagrito

 

El milagrito

 

Por Rebecca Sánchez

 

Todo un año esperando ese domingo. Se levanta temprano, entra al baño, se rasca las güevas y se huele la mano. Mea con el chorro entrecortado, como los viejos que nunca se han hecho un examen de próstata. Eso es para maricas, les grita a sus amigos. Durante la semana comió pan seco de la panadería barata, la misma a la que van los jubilados con la excusa de verse entre ellos. En realidad, sus esposas los mandan a hacer cualquier mandado para descansar un par de horas de quienes, jubilados, nunca aprendieron qué hacer con el tiempo cuando el trabajo dejó de necesitarlos.

Desayuna lo que su esposa le prepara. Le gusta, pero no le dice nada. Le enseñaron que las mujeres se crecen con cualquier elogio. Después se pone la camiseta amarillo taxi que su candidato volvió uniforme de los convencidos. Solo compró una. Tiene una chucha adherida que ya parece parte de la tela. No deja de usarla porque quiere que todos sepan que sigue firme, que él sí entiende lo que viene, que él sí está del lado del milagro.

Se lleva a su familia al puesto de votación. La ha convencido de que su decisión es la mejor decisión. Convencer, en su casa, significa repetir una frase hasta que los demás se cansen de responderle. Qué ricura que las mujeres se dedicaran al hogar, dice mientras él mismo es incapaz de limpiar el inodoro donde, cada tanto, deja una mancha marrón que prefiere no mirar. Lavar baños es de maricas, se le escucha decir cuando su esposa le pide ayuda, como si el mundo entero pudiera ordenarse a partir de esa frontera mínima entre lo que él ensucia y lo que otros deben limpiar por él.

En la fila ve a otros señores también sudados, también vestidos con el mismo amarillo agrio, también hinchados por lo que parece ser una esperanza feble. Le agrada que el ambiente huela a chucha. Así olemos los hombres, le gritó una vez a su esposa cuando ella le pidió que se bañara antes de acostarse. Ahora se miran entre ellos con una complicidad intensa, casi deportiva. Ahí, como en el fútbol, disfrutan de esas miradas que no se atreven a volverse caricia y, en cambio, se endurecen como saludo cordial. Si estuvieran en otro lugar, alguno diría con una sonrisa rabiosa que todos parecen unas vironchas. Nadie lo dice. No hace falta. Ese día, la cobardía es una forma de pertenencia.

Pregunta por su tarjetón. Mira a los jurados con sospecha. Algo de comunistas deben tener —necesita creerlo así— porque, para él, todo joven sentado detrás de una mesa pública despierta sus fantasmas. Sabe que lo puede pensar así sin por qué. Estando en la cabina, traza la equis encima de su tigre. Aprovecha la intimidad de ese instante para hacerlo con un gesto de devoción, casi amoroso. Es la primera vez que admira con tanta pasión a alguien distinto de sí mismo. Distinto, sí, pero semejante, pues la otra candidata no fue capaz de despertarle ese fervor.

Deposita el voto y, antes de apartarse de la urna, levanta la mano en un saludo marcial que nunca aprendió del todo. Cuando tenía edad de presentarse al Ejército, su papá le compró la libreta militar porque le daba pesar que se llevaran a ese flacucho para la selva. Es demasiado marica para sobrevivir a la guerra, le habrá susurrado a la madre. Años después, él hizo lo mismo con su hijo, aunque lo contó como una viveza, como una prueba más de que la familia todavía sabía defenderse. En el fondo, pensaba igual que su padre: ese muchacho era demasiado débil para la guerra. Además, el servicio militar era para pobres y negros, mencionó frente a su esposa aquella vez mientras pagaban.

Después de cerradas las urnas, ya en casa, se echa en su sillón de imitación de cuero a ver la transmisión. No se cambia la camiseta. Bebe con la disciplina torpe de quien espera una señal. Al principio celebra cada boletín como si el país entero fuese a corregir una ofensa casi personal. Más tarde, cuando la borrachera le afloja la lengua, amenaza a los vecinos desde el balcón. No saben lo que se les viene encima, grita, mirando hacia las ventanas cerradas de gente que ni siquiera está escuchándolo. Se sueña parte de una fuerza que por fin pondrá a cada quien en su lugar. Entre ruegos y una muy larga y vieja vergüenza, su esposa consigue recostarlo en el sillón. Se queda dormido con la boca abierta, envuelto en el brillo de su propia babaza.

Al día siguiente, regresa a la panadería. Pide lo mismo de siempre. El pan sigue seco. Los otros jubilados hablan del resultado con frases cortas, como si temieran agotar demasiado pronto la miel de la victoria. Él no se siente particularmente alegre. Solo siente rabia. La gente que él cree que lo desprecia no lo mira distinto. La muchacha que atiende le entrega las vueltas sin levantar mucho la cara. Afuera pasa una moto, un perro olfatea una bolsa rota, alguien barre la entrada de una casa. Todo continúa con una indiferencia que lo ofende más que la victoria del candidato en quien había depositado todos sus miedos.

Muerde el pan y se le pega al paladar. El milagro no era ganar. El milagro era que por fin alguien lo mirara como él se había imaginado a sí mismo: más firme y necesario pese a su edad, incluso temible. Pero nadie lo hace. Ni siquiera los suyos.

 


    La imagen fue seleccionada por les editores del blog. Fuente: Paweł L. en Pexels.

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