Lanzamiento al vacío en la radio

 

Lanzamiento al vacío en la radio

 

Por VJ Romero

 

Esta mañana el parloteo de la radio dio la noticia de que había nacido uno nuevo. ¡Maldición!, pensé. Uno nuevo. Y recordé lo que dice mi vecino siempre que no encuentra la manera de que no se le llene la casa de invitados: tras de que éramos muchos, parió la abuela. El parloteo siguió mientras me bañaba y le escurrí el bulto a la emisora preferida y me pasé a la emisora odiada. Hago lo mismo que los periodistas que se cambian de emisora como de camisa. Yo lo sabía, siempre lo he sabido aunque haya muchos que aún no lo saben, que de seguro allí, a pesar de ya haber perdido media hora escuchándolo iba a tener que escucharlo de nuevo. Ya sé que los periodistas se ponen de acuerdo y hacen fila según se les ordene, y son tan predecibles.

Estos que son más folclóricos. Estaban muertos de la risa, y hasta, por un momento, me temí que hubiera caído en una de esas emisoras de humor insulso que uno debe soportar en el taxi, en el bus, en la calle, pues ahora les ha dado a los pobres consumidores de internet por no usar audífonos, sino ir por la calle haciendo ruido y escuchando aquella horda de pseudoperiodistas contando malos chistes y, por suerte, riéndose de ellos. Casi me rio de mí mismo, pero no, por estar pensando en la cuadratura del círculo casi me corto con la rasuradora, por suerte es de las nuevas, de las que ya no cortan, y pensé en los presos que han intentado suicidarse con una de estas, ahí sí me reí, pobres diablos, presos, aburridos y con una de estas afeitadoras tan malas. Me miré, quedé mal afeitado, pero sin ni un rasguño. Sintonicé bien la radio, y no, no me equivoqué, eran estos periodistas folclóricos riéndose y casi dándole codo al invitado y tuteándolo, como si fueran de la familia, lo más seguro es que sí lo sean, pero deberían aparentar. Se volvieron a reír y supe que era de mí, de todos esos pendejos que gastamos luz y energías escuchándolos hablar durante horas sin decir nada. Es que son políticos, dice mi mujer, sí, le digo yo, pero solo son políticos con los que les conviene, a los otros se les echan encima como perros hambrientos, aunque esta idea de perros hambrientos me parece mala, ya no hay perros hambrientos, hay pobres hambrientos, pero nunca más perros hambrientos, ay del que deje de darles de comer a sus perros, más le valiera no haber nacido, porque la policía, que nunca atrapa ladrones, ni de los de cuello blanco, a los que parece que los protege, ni a los de cuello sucio, que son los que les llenan la arcas, digo, cuando un despistado no les da de comer a los perros le caen con todo el peso de la ley, qué delito contra natura, contra la patria y contra ladrina, la marca de moda, pero no, le digo a mi mujer, estos no son políticos, nunca lo han sido y nunca lo serán, déjame oír que es que en la otra emisora la llamada se les caía todo el tiempo y no pude enterarme sino de una tercera parte de lo que dijeron sobre el nacimiento de esta mañana.

Y es que desde hacía meses, o años, y no días, como pretenden algunos, se ha vuelto moda que las radios, pero sobre todo el celular, hable de un nuevo nacimiento. Acontecimiento sin igual y casi paradójico. Nadie se atrevía a cuestionar los nacimientos de estos seres anodinos y por lo mismo insulsos y estériles que no prometían más que existir a lo sumo un par de años y luego desaparecer para siempre, como las ratas de los palacios, que en cuanto se sienten atrapadas huyen y se esconden en el anonimato de esa casi no existencia de la que solo los sacan la pobreza y algún enemigo que los vuelve a encontrar para amargarles la vida.

Y sí, allí estaba. Había nacido este nuevo ser. Como dije, y repito y lo repetiré del que nazca mañana, no promete más que una efímera existencia.

Lo primero es que nadie sepa su nombre y que si lo sabe lo confunda con el de otro, quizás un homónimo o un hijo no reconocido de su padre que también andará mirando a ver cómo se alimenta; si es su cara, que no lo confundan, hay tanta gente mala en el mundo que una confusión podría ser la muerte, que los periodistas desde ya, en este primer día de su nacimiento lo estén adulando y lamiéndole las suelas y todo lo que sea con tal de que al igual que ellos sea buenecito y obediente, aunque en el fondo todos sepan que es malecito, pero obediente.

Volví a cambiar de emisora, a ver si en la tercera o en la cuarta sí decía algo, pero no el candidato que nació esta mañana, al igual que todos los otros dijo que no es de derecha, ni de izquierda, cosas tan malas que no deberían existir, que no es de arriba ni de abajo, que los niveles no deberían tampoco existir, que no le va a obedecer a nadie más que al pueblo, ese pueblo que no lo conoce, o que mejor sea dicho ya lo ha olvidado y con él a todas sus andanzas, esas que los periodistas tampoco recuerdan, para su dicha.

Se ríen todos y se dan codazos por debajo de la mesa. Lo único que le interesa es que el país salga adelante, dice con sonrisa de cuatro dientes, esta vez sí, no como la vez pasada, como el siglo pasado ni como hace dos siglos. Su experiencia es lo que se necesita, su voz es la que debe llenar los nuevos envases de la radio y los periódicos. El sí es la panacea. Él es más light que las gaseosas que lo van a patrocinar. Pobre, me digo. ¿Quiénes serán sus asesores? No sabrá este saltimbanqui que lo que la gente demanda es algo que la engorde, que no la adule, que diga de frente que es de aquí o de allá, que es de arriba, o si no, de dónde más, que no se ponga con pendejadas, que ya estamos hasta el tope de gente que no es de aquí ni es de allá.

Se le acabaron las baterías al radio, y me quedé sin escuchar el final, y me alegré. Yo ya le puse el final. No votaré tan poco por este malandrín, y menos si son los de esas emisoras los que me lo recomiendan, pobre.

 


La imagen fue seleccionada por les editores del blog. Fuente: foto de Sachin Bharti en Pexels.

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