La tragedia del Coronel
Por Blas Estévez
La ventana estaba cubierta de polvo, pero a través del vidrio era posible distinguir la sucesión infinita de la llanura, terrible, inquietante por exceso de espacio. Sobre el lado interno del vidrio se reflejaba la cara agrietada del Coronel, que hacía esfuerzos para trascender su propio reflejo y echar los ojos ahí afuera, buscando distinguir las formas que la suciedad de la ventana le escondía detrás de tonalidades de variados grises. La carreta se balanceaba como si lo hiciese sobre el lomo de un enorme animal muerto, seco, endurecido, sin rastros de vida; los aros de hierro de las ruedas rodaban sobre la dureza de la tierra apisonada, cubierta por una densa capa de polvo, que se abultaba más todavía en los márgenes del camino; sin embargo, parecía que se iba empastando, porque cada vez viajaba más lenta.
El Coronel mira a la mujer que vuelve a toser fiero; deja por un momento la alternancia entre su rostro reflejado y el exterior indescifrable; suena seco el tosido, como el rechinar de membranas ya duras, inorgánicas, que intentan desprenderse de algún tipo de maldad insistente, que viene socavando a la mujer por dentro, abriéndole surcos en su interior, robándole el agua de la carne.
Se despierta, la tos la despierta, y parece que quiere levantarse o por lo menos inclina el pecho, intentando una especie de flexión del torso, que le resulta imposible por la debilidad que la agobia. Estaba flaca y los huesos de la clavícula hacían presión sobre una piel que, si antes blanca, ahora se había puesto amarillenta; las costillas superiores y el esternón le dibujaban un mapa de relieves en el pecho; como las pequeñas marcas que deja el agua cuando se retrae en la costa de los ríos; levemente oscuras, prolijas. El Coronel se levanta apresurado, deja por fin la ventana y las cavilaciones oscuras que le trabajaban la cara, dándole el aspecto apesadumbrado que tenía desde que se fueron del fortín. Le apoya con suavidad su mano derecha en la nuca y con la izquierda la empuja levemente desde el pecho para volver a recostarla y que desista del intento vano, indeterminado, promovido desde un pliegue del inconsciente, de incorporarse; siente cómo un agua caliente le humedece los dedos de su mano derecha y cómo la izquierda se apoya irregularmente en los huesos del pecho de su esposa; logra recostarla sin esfuerzo y, ni bien apoya la cabeza en un almohadón de plumas, expele una especie de suspiro y vuelve inmediatamente a dormirse. El Coronel retira las manos, la tapa con una sábana polvorienta y permanece impasible por un momento; mientras se le oscurece el semblante, percibe el aire que rodea a su mujer; un aire denso, húmedo, viciado. Se asegura de que se haya dormido y vuelve, lento, agarrándose ante las sacudidas de la carreta, que cada vez son menos fuertes y parecen, más bien, balanceos. Se sienta nuevamente en la ventana y vuelve a sumergirse en el territorio ralo que mira a través del vidrio gris.
El sol está bien alto y hace que todo resplandezca de una manera tediosa; el que hace de cochero, el cabo Manrique, ladea las riendas; los caballos, agobiados, se apostan intuitivamente bajo la sombra intermitente de un grupo de talas, al costado derecho del camino. El Coronel, sin bajar aún, ve la luz del sol que se filtra por el débil follaje hasta llegar a los pastos y se intercala, esa luz, con las sombras, de esas hojas, dando la sensación de un tejido carcomido que se expande irregularmente sobre el suelo; recuerda a un amigo de Santa Fe que le había enseñado eso del tejido carcomido. Tal vez por ello, por esa imagen, es que vuelve a mirar a su mujer, que no para de toser, pero sigue durmiendo, ahí, acostada sobre un angosto catre y tapada con una sábana amarronada por el concurso de la tierra y el tiempo, despidiendo un vapor que ensucia el aire.
Cuando el Coronel abre la puerta para preguntarle a Manrique el motivo de la parada, aunque él ya lo sabía, lo encuentra al cabo a la izquierda, que lo mira sereno, con templanza pero que está cubierto de polvo a tal punto que su uniforme perdió el tono azulado y se tornó, casi completamente, pardo. Antes de decirle nada, busca con la cara, estirándola hacia arriba, un suspiro de aire limpio y en eso está cuando el cochero le suelta, tajante, pero con ese tono subordinado con el que los cabos les hablan a sus oficiales. Si no damos descanso a los caballos no llegan hasta mañana. El Coronel mira la cara llena de polvo de Manrique, se pierde en los infinitos terrones que le cuelgan de la barba y en cómo los surcos de tierra, más oscuros, se le confinaban al costado de los ojos marrones del cabo. Sin decir nada todavía, vuelve la cabeza hacia los caballos, traza una parábola con la mirada que cruza por sobre el hombro derecho de Manrique y llega hasta esas cuatro bestias agotadas, jadeantes, con las crines llenas de polvo y lo agujeros negros de la nariz agobiados de tierra; sin mirar al cabo, con los ojos todavía en los caballos, le dice: si frenamos corremos el riesgo que nos alcancen. Lo dice con un tono envejecido, como si fuera, esa frase, la que más usó en su vida. El cabo, con mayor docilidad que antes, pero convencido, insiste, si uno de los caballos muere, mi Coronel, nos alcanzan de seguro. Manrique tiene razón y el Coronel lo sabe. Por eso deciden arriesgarse y esperar a que los animales se recuperen. En todo caso, tenían balas suficientes como para enfrentar a una partida de cinco o seis, si andaban bien con la puntería. Si eran más, estaban muertos, si erraban muchos tiros, también.
En eso estaba la cabeza del Coronel cuando una tos metálica, que terminó con una especie de ahogo, salió hacia afuera y sonó entre los hombres que miraron hacia la carreta con pesadumbre. Descanse Manrique, ni bien podamos salimos nuevamente, ocúpese de los animales. Del interior de la carreta se repiten los quejidos de la mujer, se filtran por las ranuras de madera y se deslizan hasta los oídos del Coronel, que, molesto, cruzado por la amargura, los absorbe involuntariamente.
Por eso gira, se toma de la manija de agarre con su mano izquierda y, apoyando su pie, también izquierdo, sobre el único escalón, abre la puerta hacia afuera y se dispone al impulso que lo llevará hacia el interior de la carreta. Pero no alcanza a terminar la maniobra. Del interior brota, como una nube invisible, ese olor ácido que, ahora, se le cuela por la boca; un aire oxidado que le seca la garganta y busca obstinadamente sus pulmones; el Coronel aprieta los labios por reflejo, pero el aire sucio se filtra por su nariz, dejando la impresión de haber respirado algún nocivo mineral. Eso lo debe haber afectado fiero, porque el Coronel vuelve a cerrar la puerta, pero del lado de afuera, y comienza a alejarse, pesado, hacia la parte más retirada del monte de tala. Mientras camina, se pierde nuevamente en las intermitencias de las luces del sol que llegan lastimadas al piso, por las innumerables hojas de los árboles, que, estáticas, le impiden seguir su viaje hasta los pastos. Se recuesta en el último de los talas y se queda adormecido unos minutos, mirando la raya profunda del horizonte; entra y sale de la vigilia involuntariamente, hasta que el sueño termina por vencerlo. Cuando se despierta ve que el sol le llega oblicuo; en no mucho tiempo se lo tragaría el Oeste. El Coronel se refriega la cara, la siente dura, áspera, hace una presión con los dedos sobre los ojos, una serie de movimientos circulares, para recobrar la nitidez de la mirada; se levanta sin apresurarse y siempre debajo del mismo tala, mira hacia su derecha en dirección al punto desde el cual venían huyendo; lo que ve lo hace girar el cuerpo entero y afilar los ojos ensayando una leve torsión de sus párpados; sobre la rajadura finita por donde discurre su mirada, sobre esa pupila amarilla, desgastada, se refleja una nube de polvo que, allá en el fondo, le viene ganando terreno al horizonte. A pesar del estado levemente perdido en el que se encontraba, a pesar del sueño del que trataba de desprenderse, el Coronel entiende inmediatamente que esa nube es la que lo viene persiguiendo hace varios días. Mientras permanece impávido, empieza a recoger la mirada que desde la amenaza del horizonte se retrae hasta la sombra de los talas que tiene enfrente; el Coronel se extravía en las formas que trazan esas sombras, ahora ya largas por efecto del atardecer; siente un viento leve que le roza la cara y le hace cerrar los ojos; escucha en el aire el ruido tímido de las hojas que se rozan agujereando la monotonía de los insectos, que festejan la noche.
En eso está el Coronel cuando de súbito y, por primera vez, es cruzado por un pensamiento que había intentado reprimir cada vez que asomaba su antipático hocico, a lo largo de la agotadora huida. Es mejor que la encuentren muerta, piensa. Pero también, o antes, piensa que le queda, a él, una alternativa: sin ella podían abandonar la carreta y escapar con Manrique, con dos caballos para cada uno, hacia Tres Toros, donde el viejo Gancedo les daría un lugar para esconderse, hasta que la cosa esté más calma. Sin embargo, algo no cierra, porque todavía permanece estático mirando el horizonte atardecido que anuncia su muerte. Si Manrique queda vivo, reflexiona rápido el Coronel, podría, algún día, contar lo que había ocurrido y mi dignidad se vería mancillada por la indiscreción de un simple cabo. No tenía ningún encono particular con él, pero era una cuestión de necesidad, no un asunto personal. El Coronel concluye que es necesario matarlo a él también. Tenía poco tiempo, pero si quería sobrevivir, eso era lo que tenía que hacer.
El Coronel vuelve a desandar el talar hacia la carreta, con el sol en la cara, dando pasos altos para poder caminar entre los pastos crecidos; mientras se acerca resuelve, o tal vez ya lo tenía resuelto, que el cabo sea el verdugo, después de todo era su esposa y él, apenas su subordinado.
Cuando abre la puerta lo ve a Manrique, que le ponía paños con agua a la mujer y le soplaba aire con un abanico improvisado con un pedazo de cuero. Manrique gira el cuello y, sin interrumpir el movimiento de su brazo, lo mira entrar. Ella estaba despierta y le había mejorado levemente el semblante. Cuando ve entrar a su esposo le estira, muda, su brazo izquierdo y extiende unos dedos flacos y violetas que se alargan con dificultad desde una mano llena de venas oscuras. El Coronel ubica esa mano frágil entre las suyas, y la aprieta con suavidad mientras se acerca; Manrique no necesita que le ordenen que salga y se levanta de un asiento hecho con las quijadas de una vaca y un pedazo de cuero que todavía conservaba los pelos y ofrece el lugar, respetuoso, a su superior, mientras gana la salida. El Coronel se acerca, corre el banco de huesos con la pierna izquierda y acompaña la flexión del brazo de su esposa, siempre con su mano débil entre las suyas, y la apoya sobre su estómago. La besa largamente en la frente mientras percibe que ella quiere hablarle, pero sin ofrecer escucha alguna, sale por la puerta de la carreta a buscar a Manrique que lo esperaba abajo.
El Coronel le ordena al cabo, con un tono paternal, que lo siga. Cruzan nuevamente el monte de talas, hasta el final y le muestra la nube que, ahora, era más definida y parecía haber ganado amplitud. Mientras Manrique mira hacia el fondo de esa pampa, calculando el tiempo que tienen, el Coronel le susurra parte de la solución que había pensado. Debía sacar con cuidado a su esposa de la carreta, llevarla detrás del monte de talas y, sin que ella tenga tiempo de entender, debería darle un tiro en el corazón, no en la cabeza, insistía el Coronel. Mientras escucha la solución que, en definitiva, era una orden, la mirada del cabo fue gradualmente abandonando la nube que levantaban sus perseguidores y se fijó, recta, filosa, sobre el Coronel; Manrique comenzó a sentir un profundo pero mudo desprecio, un odio que le arrancaba de lo más hondo, provocado por la cobardía de ese hombre que le pedía a él, justamente a él, que había sido prácticamente criado por ellos, que ahora, retire a su esposa del carruaje y le raje el corazón con un balazo. Sin embargo, hace un esfuerzo por disipar esa pasión que le crecía y comprende la racionalidad del argumento del Coronel. ¿Ahora mismo, Coronel? le pregunta, seco, sin que afección alguna le module el sonido de su voz. Ahora mismo cabo, le contesta.
Manrique se dirige a la carreta pisando los pastos largos, medio secos del talar, soportando los insectos que empiezan a sonar por la cercanía de la noche y las moscas que se le posan en el polvo de la barba, como buscando un lugar para guardarse de la oscuridad. Cuando llega a la carreta abre la puerta e ingresa decidido.
El Coronel, que quiere escapar del acontecimiento que él mismo ideó, que quiere refugiarse de los sonidos y las imágenes que podrían asentarse en su memoria para siempre, volviéndolo loco, bordea el bosque de talas para llegar al camino y se aleja sin mirar hacia la carreta; espera el tiempo necesario para asegurarse de que el cabo haya sacado a la mujer; cuando gira observa la carreta, apostada a su izquierda, tirada por cuatro caballos jadeantes, bajo la sombra oblicua de un monte de talas. El Coronel no ve ningún movimiento y se acerca; mientras avanza mira sus botas ajadas, evitando mirar hacia el monte de talas, donde Manrique todavía estaría cargando a su mujer, y las ve cubiertas de polvo, levantando nubes a cada paso, produciendo un sonido tenue, gutural. Se lamenta el Coronel de tener que deshacerse también del cabo, lo necesitaría en un futuro; pero era el único testigo de su tragedia y el único que podía manchar su honor. Así era el mundo donde le había tocado vivir, pensaba, como para tapar con un puñadito de justicia lo terrible de sus decisiones. Decide, o ya lo había resuelto antes, esperar al cabo dentro de la carreta. Además, las maderas atenuarían el sonido del disparo. Luego desataría dos caballos, agarraría lo esencial, comida, agua y el fusil con las municiones del cabo, y galoparía hacia Tres Toros.
Cuando llega a la carreta arrima los oídos a la madera; no se escuchaba más que el zumbido de las moscas e insectos del campo; el cabo había cumplido. Se apresura, entonces, a tomar lo indispensable para su huida. Coloca un pie en el escalón, con la mano izquierda se toma de la manija de agarre y la mano derecha cruza hacia la puerta, la cual abre con facilidad hacia afuera.
Antes de dar el impulso para subir, el Coronel levanta la cabeza y alcanza a ver el agujero negro del caño del fusil de Manrique, de ese mismo que tenía que agarrar para poder escapar, pero que ahora tenía enfrente de su cara; una circunferencia precisa, con un borde metálico levemente más claro que la oscuridad del centro, por donde el Coronel alcanza a ver el esplendor de un fogonazo, una luz incandescente y un último calor, antes de que la bala le rompa la cabeza.
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