El sonido de la luz
a nuestros hermanos en medio de la tragedia
Por Adrián Marcel Ferrero
Despierta de un sueño muy lejano. Le cuesta entender el porqué de tanta oscuridad en torno. Inspira y respira un polvillo áspero, que se impregna de inmediato en sus fosas. Tiene miedo. Hace miedo aquí. Su cuerpo se encuentra oprimido entre cuerpos rocosos. Apenas puede respirar. No logra discernir cuánto hace que está en ese lugar. Evidentemente se desmayó. De pronto comienza a hacer lo único que siente que le está permitido. Reza. Recuerda en un envión las lecciones de los agustinos en el colegio secundario. Ahora no sabe cuántos años tiene. No ve su cuerpo. Pero lo siente. Logra percibir que su cuerpo no es el de un niño. Lo sabe ahora. Es un hombre maduro. No recuerda nada más. Ha permanecido inconsciente durante varias horas por el golpe. Atrapado, cautivo, solo puede rezar y respirar, con dificultad. De pronto, algunos recuerdos comienzan a aflorar. Está tan oprimido por los escombros que comprende que ante la menor vacilación del suelo, ante el más mínimo temblor, morirá. Piensa que tal vez su vida podría haber sido distinta. Muy distinta. Vivir muchos años más. Ahora comienza a recordar. Pero la falta de oxígeno no permite la fluidez en el discurrir del pensamiento. Tiene calor. Tiene frío. Está perdido. Náufrago en su propia ciudad. Un náufrago que no puede bracear, solamente sujeto a la flotación. Pero no está en el agua. Pamplinas. Eso es solo una alucinación. Tiembla. Tiembla la tierra. Lo percibe porque está en contacto directo con los escombros. Los dos o tal vez tres bloques de hormigón lo comprimen más aún. En ese momento entra en pánico. Morirá en ese lugar. Sin desearlo se hace encima porque ha perdido todo pudor. No piensa en el olor. No piensa en que lentamente ese olor comenzará a contaminar el entorno. Solo tiene el fuerte impulso de hacerse encima. Es el miedo. La gente a veces se caga de miedo. Lo ha escuchado o le ha pasado. Lo cierto es que ahora además de encerrado está sucio. No le pasa nada salvo sentir un profundo alivio. Como liberarse de una traba que lo tenía contenido. Piensa en su padre, que usa pañales y lentamente recobra algunos recuerdos vagos. Está haciendo lo que hace su padre con la conveniente protección. No recuerda su nombre. No. Eso no. Pero recuerda que tiene un padre que padece de incontinencia y que eso supone que ha de ser un viejo. ¿Él un viejo? No. Si tiene un padre incontinente él debe de ser un hombre maduro. ¿Tiene hijos? No. No lo recuerda. ¿Está casado? Tampoco. La memoria va y viene en el tiempo, vacila, de sus primeros recuerdos hasta su padre incontinente. ¿Por qué tanta confusión? Su padre no lo puede ayudar ahora. Es más: su padre ya no es ayuda. Apresado por la realidad, cautivo, es víctima de una clase brutal de encierro. Ha sido capturado por los escombros. Y entonces lentamente comienza a pensar hacia atrás. La infancia. Los primeros juegos. La escuela. ¿Estará a punto de morir? Dicen que cuando uno va a morir recuerda toda su vida en pocos segundos. Es más: ¿no estará muerto y no lo sabe? ¿quién sabe? ¿morir será esto? ¿consistirá en no saber quiénes somos y en quiénes fuimos o en no tener la certeza de ello? Piensa que algo lindo que sí puede hacer es inventarse un futuro. Con el pensamiento. Fantasear. Pero está demasiado apretado el pecho, la respiración es contenida, llega hasta un límite. No más de una breve inspiración. Comprende que morirá porque estaba escrito. Estaba escrita esta muerte hasta permanecer inerte. Una muerte en la que lentamente se irá retirando de este mundo hasta desvanecerse. Y desaparecer completamente. No ser ni siquiera un vestigio. Vacilan los escombros y vacila su mente. Siente el miedo en todo el cuerpo como agujas y lo terrible, lo más terrible de todo, es no poder respirar hondamente. Quedará su cuerpo inerte hasta corromperse, desaparecer como un fantasma entre piedra sobre piedra. Piedra sobre piedra. No quedará piedra sobre piedra. Quedará él, su cuerpo. Él pasará a otra instancia de la cual lo desconoce todo. Al desconocer, al no tener certezas, se da cuenta de que aún está vivo. No sabe si contar en números o en historias. Historias pasadas. Historias que a esta altura son tanto vividas como inventadas.
Entra en pánico. No tiene control sobre su cuerpo ni sobre su pensamiento. ¿Cuántas horas han pasado? La oscuridad no le responde. Solo silencio en derredor. El silencio que cunde por las noches en el cielo. Ni siquiera escucha el latido de su corazón. Un silencio de muerte. Y solo es roto por un avión o por las campanas del templo.
Hace mucho que no toma agua ni come ningún alimento. Pero no tiene hambre. Tiene sed. Mucha sed. Sus labios están resecos, resecos de polvo. Se cuenta una historia de enamorados para no derrumbarse como los escombros. Su historia, que comienza elocuente, se termina por hacer trizas. Se da cuenta de que su capacidad mental no es la misma de antes. Está decayendo. No sabe si allá afuera de donde está es de día o de noche. De noche por el silencio. No puede gritar, no puede hablar, no puede tampoco llorar. De pronto escucha algo que no consigue comprender del todo qué es. Es una nariz húmeda (que lo toca), huele, husmea, respira más que él, respira y aspira sobre él, en él. Y de pronto irrumpe la catarata de ladridos que lo arrastra a la vida nuevamente. Como una ola del océano que lo resucita de tanta muerte apagada. Escucha ladridos, llantos de animal y una lengua pegajosa que le acaricia la mejilla. Es el fin, se dice. No. Es el comienzo. Al ladrido del perro prosigue una voz humana, un grito, no suyo. De alguien que lo busca. De alguien que sabe que está allí. De alguien que lo ha reconocido con vida. Escucha la luz, siente el dolor del mundo, como si acabara de parir o darse a luz en ese preciso instante a sí mismo. De una vez por todas.
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