Las nada que ver[1].

 

Las nada que ver

Por Maria Victoria Rodríguez

Las nada que ver[1].

Nos dicen niñitas cuando ya somos mujeres, nos hablan con diminutivos para no reconocer en el lenguaje nuestra grandeza. Creen que nos hacen sentir queridas por sus tratos complacientes o sus miradas condescendientes. Nos miran hacia abajo y se sienten ofendidos cuando hablamos fuerte o con la contundencia que no esperaban. Se incomodan con nuestros reclamos. No nos miran cuando hablamos o ellos hablan, porque no nos reconocen como pares.

¿Nuestro mal genio? Problemas hormonales, dicen. ¿Nuestras distracciones? Debe estar enamorada, sentencian. ¿Nuestra tristeza? Sentimentalismo, aseguran. ¿Nuestra lucha por reconocimiento? Falta de disciplina o de formación, afirman. ¿Nuestro fuerte tono de voz? “Silencio, hable más pacito”, ordenan.

Y sigo haciéndome preguntas, sigo cuestionando ese llamado a las buenas formas o a la (siempre detestable) prudencia. Cuando estuve allá conocí profes que intentaban mirar debajo de las faldas cortas de mis compañeras, profes que reían complacientes a piropos que jamás nadie pidió, profes que ridiculizaban a las mujeres afro que soltaban sus cabellos, profesores detestables que trataban de bobas a compañeras que llegaban tarde a clase, pero jamás a los compañeros que hacían lo mismo.

Cuando allá estuve, conocí maestros que decidí matar (simbólicamente, claro está) para ver si algún día, y ojalá pronto, logro escuchar mi voz. Pero se ofuscaron, no aceptaron fácilmente que hay algunas, que no quieren vivir a la sombra, sino que quieren salir de ese cascarón que se convierte en refugio, que estamos, a las que incluso nuestros padres nos dicen desde niñas que SOMOS LIBRES y que debemos ser LIBRES SIEMPRE.

Yo soy una de ellas, mi mamá, mi abuela y en especial mi papá me enseñaron el significado de la autonomía y la fuerza para ser una de ellas. Que hay otras que buscamos redescubrir el lenguaje, porque hasta eso se aprende de los maestros, quise dejar de repetir, tal vez inconscientemente, las palabras que ellos repetían, las categorías que ellos usaban, los lugares comunes y las cajas sonoras. Ahora quiero resignificar, buscar otras miradas, buscar más fuerza en las ideas, leer más, leer más y leer mejor, comprender más y hacerlo mejor. No sé si lo logre, sigo en ello.

Estando acá me fijo en la necesidad absurda que ellos tienen por mantener las buenas formas, por ocultar sus demonios y aparentar ser rojos, bien rojos e incluso morados. Me fijo en sus máscaras que ocultan ideas contradictorias, que verbalizan y no son; podría inventar mil metáforas e incorporar una casa de citas para hablar sobre la homonimia, el alter-ego. Pero hoy no quiero.

En este lugar encontré vacíos, además de encuentros. Nuevas formas, pero también desesperanza. Puede que ellos nunca acepten nuestras miradas, que no reconozcan nuestro lugar en el mundo, que nos sigan llamando niñita, mijita o digan nuestros nombres con diminutivos. Todo porque ellos ya pertenecen a un espacio que se han ganado (¿con guerras?), nosotras no y ojalá no tengamos nada que ver con ellos, los que no reconocen nuestro trabajo, los que se niegan a construir, los que nos exigen las buenas formas, o quedarnos calladitas porque somos más bonitas, o los que menosprecian nuestras ideas y dicen que es puro sentimentalismo, los que ni nos miran cuando hablan, los que se hacen llamar maestros  e incluso nos obligan implícitamente a reconocerles como tales, los que no leen escritoras mujeres porque les parece que no escriben bien (¿por ser mujeres?), a los que manosean y se abanderan de una lucha, pero al fin de cuentas cuando gritamos nos dicen: “no era el lugar apropiado” “no era la forma”. Ellos, los que nos obligan a cargar ladrillos o libros (menuda diferencia) que enaltecen su espíritu crítico y los hacen sentir humanamente superiores. También aquellos quienes afirman que no conocemos o que nuestro sentimentalismo nos enceguece cuando lo hemos visto todo, porque:

“¿Qué no hemos visto nada? ¡Imbécil! Nosotras hacemos todo el trabajo, tenemos todas las preocupaciones: alimentar a los niños, cuidar a los heridos… Vosotros, una vez que acaba la guerra, sois todos unos héroes. Muertos: héroes. Supervivientes: héroes. Mutilados: héroes. Y por eso habéis inventado la guerra vosotros, los hombres. Es vuestra guerra. Vosotros la habéis querido, ¡así que hacedla, héroes de mierda! (Kristof, A. p.97, 1996)


[1] El carnaval de Blancos y Negros, celebrado en Nariño la primera semana de cada enero, declarado patrimonio cultural e inmaterial, se ha considerado como una manifestación cultural e incluso satírica de los acontecimientos de este país. En 1978 en medio del carnaval apareció un grupo de “sin hogar” o “loquitos” liderados por mi papá, Francisco E. Rodríguez, quien buscando un llamado al reconocimiento, la visibilización de la humanidad de estos seres humanos logró que salieran a bailar y protestar en medio del carnaval. Este es uno de los homenajes que hago a la memoria y a las luchas políticas de mi papá, fallecido el 13 de julio de 2020.

 

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